Cartilla Municipal de Taxi

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Historias de conductor de taxi

Tiempo de prueba

Como conductor de taxi, acababa de dejar a un pasajero y regresando, cerca de la ciudad, encontré un coche de auto-escuela roto, a kilómetros de ninguna parte, con dos ocupantes.

Había dos pasajeros que, según explicaron, se dirigían al circuito de exámenes. Uno de ellos era examinador para el carnet de conducir y el otro, justo se estaba se estaba examinando, en el momento en que el coche se rompió.

Por supuesto, los recogí para llevarlos al circuito y es curioso, pero me sentí bastante nervioso sabiendo que iba con un examinador en el asiento de atrás. Me observé conduciendo como si me estuviera examinando.

Al llegar al circuito de exámenes, el director del auto-escuela, también dueño del automóvil, estaba esperando y su cara era todo un poema cuando vio a su examinador y al alumno, saliendo del taxi, imagino que debió pensar que habían destrozado su coche.

Acabé llevando a todos a su casa y cuando todo hubo pasado, el dueño del auto escuela comentó que ese día le iba a resultar muy, muy caro.

El hombre trabajaba por cuenta propia como nosotros, los taxistas con la cartilla del taxi ,de manera que, si no hay coche, no hay trabajo y, si no hay trabajo, no hay dinero, en fin, un circulo vicioso.

Atracción fatal

Conduciendo mi taxi, me detuve frente a una puerta, donde me habían llamado para recoger a un pasajero.

En la maniobra de acercamiento, noté un gran charco de aceite sucio y negro en el suelo, de manera que paré nada más pasarlo, para que mi pasajero no lo tuviera que atravesar caminando, con el riesgo de poner el coche perdido.

El pasajero resultó ser una madre, con tres niños pequeños, toda estresada. Los dos niños mayores subieron al coche gritando que iban a una fiesta, mientras que la más pequeña, de unos dos años, corría y bailaba fuera del coche, toda emocionada.

Por supuesto, al instante entró en acción el imán que todo niño lleva incorporado de nacimiento para atraer a la suciedad y la pequeña, en toda su emoción, moviéndose alocadamente se metió en el charco de aceite.

Por supuesto, la pequeña terminó cubierta de mugre grasienta de pies a cabeza y incluyendo su ropa de fiesta. Su madre, desesperada, se la llevó de nuevo a su casa para lavarla un poco y cambiarla.

Diez minutos después, la pequeña sale corriendo de nuevo, toda ella bailes y risas y mientras su madre cierra la puerta… otra vez cae en el charco de aceite.

Si no hubiera sido por el llanto de la niña y la desesperación de la madre, me habría muerto de risa.

La madre decidió que ya no aguantaba más. La limpió un poco por encima y mientras exclamaba que tendrían que ir a la fiesta con aquellas pintas, me mando arrancar.

Imagino que no hizo muy buen trabajo de limpieza con la niña, a juzgar por la perfecta huella negra que quedó grabada en el trasero de los perfectos vaqueros blancos que llevaba mi siguiente pasajera.

Casi me sentí culpable, pero era justo el último trabajo, de manera que regresé a casa riendo.

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Ojos marrones

Por la mañana temprano había comenzado mi primer recorrido del día, un viaje corto a la ciudad. Estaba charlando tranquilamente con el pasajero cuando observé a un tipo, con un perro suelto, que andaba por la acera.

Por si acaso, reduje la velocidad pero, como suele ser natural en estos casos, el perro salió de la acera, corriendo directamente hacia el taxi. Pude verlo llegar, pero no pude frenar lo suficiente. Escuché un golpe escalofriante y el perro desapareció de mi vista.

Por suerte para el perro, mi vehículo es un coche moderno, con un parachoques diseñado para proteger a los peatones, de manera que, en caso de golpe, no acaben debajo del coche, sino encima del capó.

Esos instantes, que parecieron durar una eternidad, fueron angustiosos pero, de pronto, enfrente de mí, apareció un gran perro, mirándome con sus grandes ojos marrones y sorprendidos.

Aparte de algunos pocos pelos, no había una sola marca en el coche y el animal se encontraba en perfecto estado.

El dueño del perro estaba borracho como una mofeta y no dijo una palabra. Simplemente, se quedó parado en el camino, balanceándose de un lado a otro, hasta que su mujer se lo llevó.

Al final no había ocurrido nada grave, así que nos pusimos en marcha de nuevo. Unos pocos cientos de metros más allá, apareció el cartero de la zona que, concentrado en la clasificación de sus cartas, decidió cruzar la calle justo en el momento en que pasábamos nosotros.

Fue demasiado para mi. Dos atropellos en el mismo día, con pocos minutos de diferencia, me hicieron reconsiderar mi jornada de trabajo.

Cuando dejé a mi primer pasajero, decidí no tentar a la suerte y directamente regresé a mi casa, hasta el día siguiente… por si acaso.

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