Cartilla Municipal de Taxi

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Desastre de taxista

Me encuentro en Dallas (texas) y debo tomar un vuelo de vuelta a casa, temprano por la mañana, por lo que tengo que llamar a un taxi, pero sucede que la mayoría usan un perfume sintético que me pone terriblemente enfermo. Sin embargo, tengo suerte de encontrar uno sin perfume.

Cuando llamo para reservar, sugiero quedar a las 5:00 de la madrugada, pero el taxista insiste en que las 5:20 estará bien y quedará tiempo de sobra para llegar al aeropuerto.
Esa noche cae una gran tormenta y cuando me despierto aún sigue lloviendo muchísimo. Espero al taxi abajo, en el corredor del hotel, con mi equipaje. Llegan las 5:20 y aún no ha llegado el taxi. A las 5:25, me llama.

Taxista: «Hola, no sé dónde se encuentra su edificio, de manera que estoy esperando en la gasolinera».

La gasolinera se encuentra a una manzana de distancia.

Yo: «Pero… No puedo llevar mis cosas tan lejos, además me empaparía».

Taxista: «Bueno, la verdad, no estoy seguro de cómo encontrarle».

Yo: «¿Necesita que le diga la dirección de nuevo?»

Taxista: «No, ya la tengo».

En ese momento me pregunto a mí mismo si este taxista no sabrá hacer justo eso que hacen los taxistas: encontrar direcciones.

Yo: «Necesito que venga a buscarme. Es fácil. ¿Puede ver un letrero a su derecha? a una manzana de donde se encuentra».

Taxista: «Sí».

Yo: «Muy bien, solo debe dar la vuelta por el callejón situado detrás de donde se encuentra. Nuestras paredes traseras se tocan».

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Veo una camioneta (como es un conductor privado, no tiene ninguna luz en el techo indicando que es un taxi, de manera que no estoy seguro si es él), avanza lentamente en la dirección correcta. Sin embargo, en lugar de entrar en el callejón, como le había dicho, se para a un cuarto de manzana. Cuando se acerca, comienzo a correr hacia él, pero cuando se para, pienso que no es el taxi, de manera que me resguardo bajo el corredor. A estas alturas ya son las 5:45 y tengo miedo de perder mi vuelo. Llamo al taxista de nuevo.

Yo: «¿Todavía estás perdido? ¿Qué información necesitas?”.

Taxista: «Pensé que le había visto, pero debo estar en el lugar equivocado… Alguien salió pero volvió a entrar».

Yo: «Creo que era yo. He preferido esperar bajo techo, para que no me caiga la lluvia encima. ¿Por qué no puedes venir a mi edificio?

Taxista: «¿Me está viendo? pues venga y entre».

Yo: «Está lloviendo mucho y tengo un equipaje pesado. Por favor, simplemente salga al callejón».

Veo que la furgoneta arranca y se mueve en mi dirección, pero se detiene en la acera, justo antes de entrar al callejón, como si tuviera miedo de un gran charco que hay allí. Me estoy volviendo loco porque no tengo tiempo, así que después de un minuto me rindo, agarro mi equipaje (estúpido por mi parte, con mi mala espalda) y corro a la furgoneta. Mis zapatos y mis calcetines se empapan. Tendría los pies mojados hasta llegar a mi casa, a las 10:00 esa noche. El taxista no se disculpa, ni siquiera se le ve estresado. Es como si pensara que todo es normal. Sin embargo, lo peor está por venir.

A lo largo del camino, se mantiene en la línea divisoria entre carriles, desviándose violentamente (pienso que para evitar baches, pero quién sabe), básicamente conduciendo como si estuviera borracho, aunque no lo creo, porque no olía alcohol. Parece muy viejo y sospecho que su visión puede estar fallado. Llegamos al aeropuerto cinco minutos después de mi hora límite para el embarque.

Taxista: «Espere, le abriré la puerta».

Finalmente, castañeando los dientes a causa de la furia, después de cuarenta años de vida, sin defenderme jamás…

Yo: «¿En serio? Casi nos matamos veinte veces en el camino hasta aquí, me ha hecho caminar en el callejón, bajo la lluvia, meterme en charcos hasta el tobillo, llevar cincuenta kilos de equipaje. Me ha retrasado y puedo perder mi vuelo, por insistir en encontrarnos más tarde, no ha podido hacer la tarea básica de encontrar una dirección… ¿Y ahora decide comenzar a preocuparte por el servicio al cliente? ¡No necesito que abra la puerta!».

En ese momento, el taxista parece avergonzado…

Taxista: «Bueno… no hace falta que me de propina».

Como si fuera a hacerlo.

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